ALTAMIRAS EN MADRID: SU CAPÍTULO DESCONOCIDO

Seguir los pasos de Altamiras en Madrid es dificil. Ni sabemos cuanto tiempo pasó en la ciudad, si meses o años, como otros franciscanos invitados a compartir sus habilidades en las casas de mecenas. El convento franciscano, que lo conoció como un edificio destartalado remontando al siglo XIII, sería reconstruido en el formato que conocemos hoy en día, y sus archivos serían destrozados más tarde por José Napoleón. Muy cerca, el Palacio Real, incluidas las cocinas y biblioteca, estaba reconstruyéndose, tarea larga que seguía el incendio devastador en el Real Alcázar de los Austrias en la Nochebuena de 1734.
Además Altamiras buscaba pasar a puntillas por la ciudad. Como escritor actuó con seudónimo, reflejo de su humildad franciscana pero también del carácter radical de su libro. El anonimato ofrecía seguridad.
Pero si, tenemos pistas sobre la publicación de su libro. En 1745 Madrid fue un mundo pequeño, su cultura comisariada por el primer rey borbónico, Felipe V, y sus asesores. El rey confió en un equipo de servicio de palacio francés, de importación, pero tenía que apoyarse en la nobleza liberal española por sus reformas del estado. Altamiras tenía suerte: estaba en el lugar preciso y en el momento oportuno. Su pueblo natal, La Almunia de Doña Godina, había apoyado a Felipe en la Guerra de Sucesión Española (1702-13) que lo llevó al trono. Además familias aristocráticas aragonesas, exiliadas en zonas de Italia bajo control español durante la guerra, estaban nuevamente influyentes en Madrid.
Entre ellos se destacó Joaquín Pignatelli, un adolescente de una eminente familia zaragozana. En 1741, con tan solo 17 años, se casó con María Luisa, hija del mayordomo mayor de Felipe V, el duque de Mirandola. Fue un matrimonio por amor? Probablemente. Los dos habían pasado momentos de vida en Italia, y compartían gustos. Es posible incluso que Altamiras cocinaba por ellos en Madrid, a ser los Pignatellis mecenas importantes de los franciscanos. El padre de María Luisa, como mayordomo mayor, puesto poderoso del palacio, fichaba al personal de cocina y casí seguramente es el que pidió como favor a Francisco Ardit, cocinero español – uno de los pocos de la corte en ese momento – que escribiera una breve “Aprobación” para abrir Nuevo Arte. Con esa suerte Altamiras lo tenía fácil conseguir el permiso de la Inquisición y la licencia para imprimir su libro.
Otros aragoneses parecen haber actuado como protectores. Blas de Antonio Nassarre, director de la Biblioteca Real, había elegido como tesorero a Ignacio de Luzán, poeta zaragozano que había pasado tiempo en Italia, y que luego sufrió grandes problemas con la Inquisición jesuita en su ciudad natal. Probablemente el lanzó la sugerencia que Altamiras publicara en Madrid, con nom de plume y licencia seglar, y al mismo tiempo le ofrecía ayuda recaudando fondos.
¿Es posible que Felipe V estuviera involucrado? Desde luego la Biblioteca Real fue su proyecto personal y es llamativo que no se declara la identidad del mecenazgo en la página del titulo de Nuevo Arte. Ademas los amigos de Altamiras, todos insiders del Palacio, sabían como el libro encajó en las reformas de Felipe. Al principio de su reinado había declarado que quería “poner limites a los gastos excesivos en todo lo que me permite la decencia, dando prinicipio por mi misma casa, para que a este ejemplo se ciñan todos y se evitan los excesos introducidos por la vanidad…” Pero a Felipe le gustaba la cocina francesa y las comidas en sus habitaciones privadas con la italiana Isabel Farnesio, su segunda mujer. El ejemplo lo tendría que ofrecer otro.
Entonces, fue en este Madrid, corte y villa, que Altamiras consiguió conectar su cocina, arraigada en la espiritualidad y la pobreza del mundo rural, con los aires reformistas de la Ilustración. Es aqui que su critica social, su rechazo a la extravagancia, sus bromas arriesgadas y su voz directa, cariñosa pero exigente, provocaron sonrisas, permisos, patrocinio, y el entusiasmo – tanto de mujeres que hombres – que muy pronto convirtió su libro en un éxito de ventas.
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Entonces, fue en este Madrid, corte y villa, que Altamiras consiguió conectar su cocina, arraigada en la espiritualidad y la pobreza del mundo rural, con los aires reformistas de la Ilustración.”